La hoja que no quería caer

 En lo más alto de un árbol viejo y sabio, vivía una hoja verde, fuerte y brillante. Desde que brotó en primavera, se había sentido parte de algo más grande. Amaba balancearse con la brisa, sentir el sol sobre su piel y escuchar los cantos de los pájaros al amanecer.

Pero con el paso del tiempo, el aire comenzó a cambiar. El calor se volvió brisa fresca, los colores del bosque empezaron a tornarse dorados, y una extraña sensación recorría cada rama. El otoño había llegado.

Una a una, las hojas vecinas comenzaron a soltar sus ramas y dejarse llevar por el viento. Algunas caían lentamente, otras giraban con alegría, como si su partida fuera una danza. Pero ella no. Ella se aferraba con fuerza.

—¿Por qué se van? —se preguntaba—. ¿Acaso no quieren seguir siendo parte del árbol?

Entonces, un día, la hoja le habló al árbol:

—No quiero caer. Si me voy, desapareceré. Ya no seré parte de ti. Me convertiré en nada.

El árbol, con su voz lenta y profunda, le respondió:

—Querida hoja… caer no es desaparecer. Es transformarse. Tú no estás destinada a quedarte siempre colgando. Cuando sueltes, el viento te mostrará otros paisajes. Y cuando toques la tierra, no será el fin, sino el principio. Darás vida. Serás parte del suelo, del agua, de nuevas raíces. El ciclo continúa… aunque no lo veas ahora.

La hoja guardó silencio.

Pasaron días, y con cada ráfaga, su fuerza comenzaba a flaquear. Una noche, mientras la luna iluminaba el bosque en silencio, la hoja entendió: lo que más temía no era caer… sino dejar atrás lo que conocía.

Así que al amanecer, cuando el viento volvió a soplar, no resistió.

Se soltó.

No con miedo, sino con confianza.

Giró en el aire, rozó otras ramas, sintió el cielo abierto y, por primera vez, se sintió libre. Al llegar al suelo, no hubo tristeza. Solo paz.

Y aunque ya no estaba en el árbol, ahora era parte del bosque entero.

🌱 Reflexión:

A veces nos aferramos a personas, situaciones o etapas porque creemos que sin ellas dejaremos de ser quienes somos. Pero la vida, como las estaciones, tiene ciclos.
Soltar no siempre es perder.
Soltar también es confiar, es crecer, es transformarse.

Y cuando por fin nos atrevemos a dejar ir, descubrimos que también podemos volar.

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