El guardián del puente invisible
Había una vez un pueblo dividido en dos por un río inmenso. No había puentes ni barcas que lo cruzaran, y los habitantes de ambas orillas vivían convencidos de que el otro lado no valía la pena.
—Allá no hay nada para ti —decían unos—.
—Es mejor quedarse de este lado —respondían los otros—.
En medio de ese conflicto silencioso, vivía un anciano llamado Aurelio, un hombre solitario que pasaba las tardes sentado a la orilla del río. Los niños se burlaban de él porque siempre llevaba un martillo y unas cuerdas viejas, como si construyera algo invisible.
—¿Qué haces ahí, viejo? —le gritaban.
—Construyo un puente —respondía con calma.
Ellos reían, porque no veían más que aire y agua.
Una noche, una tormenta arrasó el pueblo. Las aguas crecieron tanto que las casas de la orilla izquierda quedaron sumergidas, y muchos no sabían cómo escapar. En medio del caos, alguien vio a Aurelio caminar sobre algo invisible que parecía sostener sus pasos. Extendió su mano y gritó:
—¡El puente está aquí! ¡Crucen!
Con miedo y dudas, la gente empezó a seguirlo. Al poner el pie sobre el agua, sintieron que algo sólido los sostenía. Era como si el puente hubiera estado siempre ahí, esperando que alguien creyera en él. Gracias al anciano, muchas personas salvaron su vida.
Cuando todo terminó, algunos le preguntaron cómo había construido aquel milagro. Aurelio, con una sonrisa cansada, respondió:
—El puente no lo construí con madera ni con cuerdas. Lo construí creyendo. Cada día que venía a este río, colocaba una idea, una palabra, una esperanza, hasta que el puente fue tan fuerte que pudo sostenerlos.
Con el tiempo, la gente comprendió que aquel puente era un símbolo. No un camino físico, sino la fuerza de creer en algo aunque los demás no lo vean. Desde ese día, en lugar de burlarse, los niños jugaban diciendo: “Hoy yo pondré una piedra en mi puente”, cuando se animaban a perseguir un sueño.
Reflexión:
A menudo los puentes más importantes de nuestra vida no se ven. Son las creencias, los sueños y los actos de fe que construimos poco a poco. Lo invisible se vuelve sólido cuando confiamos en que nuestros pasos tienen sentido.

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