EL ESPEJO QUE DECÍA LA VERDAD

         En una vieja casa con olor a madera y memorias, vivía Elías, un joven silencioso, de mirada baja y corazón inquieto. La casa era herencia de su abuela, una mujer enigmática que parecía tener secretos guardados en cada rincón. Ella solía decirle cuando era niño:

“En esta casa hay un espejo que no refleja lo que ven los ojos… sino lo que siente el alma.”

En aquel entonces, Elías reía y corría a esconderse, como si fuera un juego. Pero con los años, dejó de reír, y su reflejo dejó de gustarle.

Cada mañana se enfrentaba al mismo ritual: se levantaba, se paraba frente al espejo del baño, y se analizaba con la precisión cruel de un juez. “Esa nariz no sirve… esos ojos son muy apagados… te ves cansado, débil, sin gracia…” Su mente se había convertido en su peor crítico.

Aunque otros le decían cosas buenas, él no podía creerlas. Sentía que lo halagaban por compromiso, que exageraban o simplemente no veían lo que él veía. Y así, el espejo del baño se volvió una cárcel de su propia percepción.

Un día, limpiando el ático para sacar objetos viejos, descubrió una puerta extraña. Estaba cubierta por muebles que nunca había movido. El picaporte era de bronce gastado, y la cerradura parecía no haber sido usada en décadas. En ese momento, las palabras de su abuela volvieron como un susurro:
“Cuando estés listo para verte de verdad…”

El corazón de Elías latía con fuerza. No sabía por qué, pero algo dentro de él pedía abrir esa puerta. No por curiosidad, sino por necesidad. Había una angustia en su pecho que no sabía explicar. Como si, desde muy adentro, una parte olvidada de sí mismo lo estuviera llamando.

Abrió la puerta.

El aire era más frío, como si el tiempo no pasara allí. Las paredes estaban cubiertas por polvo y telarañas. Y al fondo, envuelto en una tela gruesa y color vino, había un espejo de cuerpo entero, enmarcado en madera tallada con símbolos antiguos.
No era un objeto común.
Elías lo supo en cuanto se acercó.

Estuvo unos minutos de pie frente a él, temblando. No de miedo... sino de respeto. Como si supiera que al quitar la tela, no habría vuelta atrás. Y entonces, con un solo movimiento, lo descubrió.

Silencio.
Luego, asombro.
Y finalmente… comprensión.

Lo que vio no fue su cuerpo físico. No fue su rostro, ni su piel.
Vio una figura transparente, envuelta en brumas.
Su alma, sus recuerdos, sus emociones.

Allí estaban sus inseguridades, flotando como sombras alrededor de su imagen.
Una sombra tenía la forma del niño que alguna vez fue, llorando solo en su habitación porque lo llamaron “feo” en la escuela.
Otra sombra era la adolescente que, en vez de jugar, se escondía por vergüenza a su cuerpo.
Otra más, una figura encorvada, cargando una mochila repleta de pensamientos como: “no valgo”, “nunca seré suficiente”, “ojalá fuera otro”.

Pero también había luces.

Pequeñas, tímidas, pero intensas.
Una luz brotaba de su pecho: era la compasión que siempre sintió por otros.
Otra titilaba en su cabeza: su capacidad de imaginar, de soñar, de ver el mundo con profundidad.
Otra nacía de sus manos: la ternura con la que cuidaba a los animales callejeros o escribía frases que nunca se atrevía a mostrar.

Y entonces, el espejo habló.
No con palabras… sino con verdad.

Le mostró cómo había vivido mirando solo las sombras. Cómo se había negado a ver la belleza que habitaba en su interior. Cómo se había convertido en su peor enemigo, repitiéndose frases destructivas que no venían de él, sino de otros… y que él, sin querer, adoptó como propias.

Le mostró que su reflejo no estaba roto.
Solo estaba incompleto.

Elías cayó de rodillas. Las lágrimas brotaron sin vergüenza. Por fin se veía. Por fin se entendía. Por fin dejaba de luchar contra su reflejo.

Se quedó horas allí, en silencio, viendo cómo las sombras empezaban a perder fuerza y las luces se hacían más visibles. No porque el espejo las cambiara… sino porque él decidía verlas. Porque estaba dispuesto a reconocerse, con todo lo que era.

Cuando salió del cuarto, ya no era el mismo.

No porque su cuerpo hubiese cambiado. Sino porque ahora, por primera vez en su vida, se trataba con amor.

Se paró frente al espejo del baño. Ese que antes odiaba.
Y vio su reflejo físico, sí. Pero también supo mirar más allá.

“No soy perfecto… pero soy yo. Y eso, ya es suficiente.”


Reflexión

Todos tenemos un espejo interno que espera ser destapado. No el que juzga nuestros defectos, sino el que revela nuestra historia completa: las heridas, las luchas, pero también las fuerzas ocultas, los pequeños actos de amor, el valor de seguir adelante incluso cuando el reflejo no nos gusta.

Aceptar lo que somos no significa resignarnos.
Significa abrazar nuestra humanidad, con todo lo que implica: luz, sombra, duda, verdad.

Mirarte con compasión es el primer paso para reconstruirte con amor.
Y a veces, basta con abrir esa puerta olvidada dentro de ti… para empezar a sanar.

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