El farolero invisible
En un pueblo donde las calles eran estrechas y los días grises, vivía un hombre al que todos llamaban “el farolero”. Nadie recordaba su nombre, solo sabían que al caer la tarde, él pasaba encendiendo cada farol de la calle con su larga vara de fuego.
No hablaba con nadie, no pedía nada, y al amanecer desaparecía sin dejar rastro. Algunos decían que vivía entre los árboles, otros que era un espíritu que protegía el pueblo. Pero nadie se detenía a preguntarle nada. Solo lo veían como parte del paisaje, como una sombra que encendía luces.
Una noche, una niña que lloraba sentada en una esquina lo vio pasar. Él, sin decir palabra, se le acercó, sacó de su bolso una cajita de madera y le entregó una pequeña linterna.
—“Para cuando no haya faroles encendidos,” —murmuró suavemente, y siguió su camino.
Esa noche la niña durmió con la linterna encendida junto a su cama, y por primera vez en mucho tiempo no tuvo miedo.
Con los años, la niña creció, el pueblo cambió, y los faroles fueron reemplazados por luces eléctricas. Un día, preguntó por el farolero… pero ya nadie sabía de él. Solo ella recordaba aquella linterna y aquel gesto silencioso.
Entonces entendió algo: el farolero no encendía luces, encendía almas.
🌟 Reflexión:
A veces, los actos más silenciosos tienen el mayor poder. Hay personas que pasan por nuestra vida dejando luz sin pedir nada a cambio. Tal vez no se queden, pero nos cambian para siempre.
Sé como el farolero: enciende algo en los demás, aunque nadie lo vea.
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