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Mostrando las entradas de julio, 2025

El guardián del puente invisible

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 Había una vez un pueblo dividido en dos por un río inmenso. No había puentes ni barcas que lo cruzaran, y los habitantes de ambas orillas vivían convencidos de que el otro lado no valía la pena. —Allá no hay nada para ti —decían unos—. —Es mejor quedarse de este lado —respondían los otros—. En medio de ese conflicto silencioso, vivía un anciano llamado Aurelio, un hombre solitario que pasaba las tardes sentado a la orilla del río. Los niños se burlaban de él porque siempre llevaba un martillo y unas cuerdas viejas, como si construyera algo invisible. —¿Qué haces ahí, viejo? —le gritaban. —Construyo un puente —respondía con calma. Ellos reían, porque no veían más que aire y agua. Una noche, una tormenta arrasó el pueblo. Las aguas crecieron tanto que las casas de la orilla izquierda quedaron sumergidas, y muchos no sabían cómo escapar. En medio del caos, alguien vio a Aurelio caminar sobre algo invisible que parecía sostener sus pasos. Extendió su mano y gritó: —¡El puente ...

La linterna que solo brillaba en la oscuridad

 En lo alto de una colina, donde los caminos parecían confundirse con el viento y el tiempo pasaba sin apuro, vivía un anciano artesano llamado Elías. Era conocido por su habilidad para tallar madera, pero más aún por las historias que acompañaban cada uno de sus objetos. No fabricaba cosas por dinero, sino por propósito. Un día, después de semanas en silencio, talló una linterna de madera de roble antiguo. No tenía bombillo ni candelas. Era hueca, con delicadas formas de estrellas y lunas caladas en su estructura. Cuando la terminó, la colgó sobre su puerta y escribió un letrero que decía: "No ilumina el día, pero guía en la oscuridad. Solo se enciende cuando el alma lo necesita." Los habitantes del pueblo pasaban, leían, se reían y seguían de largo. Pensaban que eran cosas de viejo: metáforas poéticas sin sentido. Algunos niños intentaban encenderla con fuego, pero no respondía a cerillos ni linternas. Simplemente parecía un adorno sin uso, una locura más de Elías. Hast...

La hoja que no quería caer

 En lo más alto de un árbol viejo y sabio, vivía una hoja verde, fuerte y brillante. Desde que brotó en primavera, se había sentido parte de algo más grande. Amaba balancearse con la brisa, sentir el sol sobre su piel y escuchar los cantos de los pájaros al amanecer. Pero con el paso del tiempo, el aire comenzó a cambiar. El calor se volvió brisa fresca, los colores del bosque empezaron a tornarse dorados, y una extraña sensación recorría cada rama. El otoño había llegado. Una a una, las hojas vecinas comenzaron a soltar sus ramas y dejarse llevar por el viento. Algunas caían lentamente, otras giraban con alegría, como si su partida fuera una danza. Pero ella no. Ella se aferraba con fuerza. —¿Por qué se van? —se preguntaba—. ¿Acaso no quieren seguir siendo parte del árbol? Entonces, un día, la hoja le habló al árbol: —No quiero caer. Si me voy, desapareceré. Ya no seré parte de ti. Me convertiré en nada. El árbol, con su voz lenta y profunda, le respondió: —Querida hoja… ca...

El farolero invisible

 En un pueblo donde las calles eran estrechas y los días grises, vivía un hombre al que todos llamaban “el farolero”. Nadie recordaba su nombre, solo sabían que al caer la tarde, él pasaba encendiendo cada farol de la calle con su larga vara de fuego. No hablaba con nadie, no pedía nada, y al amanecer desaparecía sin dejar rastro. Algunos decían que vivía entre los árboles, otros que era un espíritu que protegía el pueblo. Pero nadie se detenía a preguntarle nada. Solo lo veían como parte del paisaje, como una sombra que encendía luces. Una noche, una niña que lloraba sentada en una esquina lo vio pasar. Él, sin decir palabra, se le acercó, sacó de su bolso una cajita de madera y le entregó una pequeña linterna. —“Para cuando no haya faroles encendidos,” —murmuró suavemente, y siguió su camino. Esa noche la niña durmió con la linterna encendida junto a su cama, y por primera vez en mucho tiempo no tuvo miedo. Con los años, la niña creció, el pueblo cambió, y los faroles fueron...