El farolero que encendía las estrellas

 En un pueblo escondido entre montañas cubiertas de niebla, donde los relojes parecían moverse más despacio y el silencio tenía su propio lenguaje, vivía un hombre que todos conocían, pero del que nadie sabía mucho. Le llamaban El Farolero. Nadie sabía su edad exacta. Algunos decían que había nacido con el primer farol del pueblo; otros aseguraban que siempre había estado allí, como si fuera parte del paisaje.

Era un hombre de andar pausado y mirada serena. Siempre vestía con una capa larga color carbón, gastada por el viento y la lluvia. Cargaba una lámpara de aceite encendida, una escalera de madera a su espalda y una libreta pequeña en el bolsillo donde, decían los niños, anotaba los nombres de quienes más necesitaban luz.

Cada tarde, al caer el sol, comenzaba su ritual. Iba farol por farol, encendiéndolos uno a uno, como si despertara pequeños soles dormidos. No hablaba mucho, pero cuando lo hacía, sus palabras parecían lecciones envueltas en susurros. Los ancianos lo saludaban con respeto, los niños con curiosidad, y los adultos con un silencio reverente, como si supieran que aquel hombre cargaba un secreto antiguo.

Pero lo que casi nadie sabía era lo que ocurría después de que todos se iban a dormir.

Cuando la noche era demasiado oscura, cuando la tristeza se colaba por las rendijas de las casas, cuando el viento parecía llorar, el Farolero no se iba a descansar. Subía hasta la colina más alta del pueblo, donde el cielo parecía más cercano. Allí, apoyaba su vieja escalera en el suelo, apuntándola hacia las nubes, y comenzaba su otro trabajo: encender las estrellas.

No eran estrellas de verdad. Eran luces pequeñas escondidas entre los árboles, botellas colgadas de hilos invisibles, luciérnagas cuidadas con paciencia, cristales tallados que reflejaban la luna, y piedras brillantes recogidas de los ríos. Pero en la oscuridad de la noche, parecían flotar en el cielo como si hubieran escapado de una constelación.

Una noche especialmente silenciosa, cuando el cielo estaba cubierto y ninguna estrella brillaba, un niño de rostro pálido y ojos tristes subió la colina. Se llamaba Elías. Su madre llevaba días en cama, su padre apenas hablaba y en su casa solo había una vela a punto de apagarse. En su pequeño pecho se acumulaba una sensación difícil de nombrar: algo entre miedo, cansancio y una tristeza sin forma.

Cuando llegó a la cima, encontró al Farolero de espaldas, encendiendo una de sus estrellas de cristal. El niño dudó, pero la necesidad fue más fuerte que su timidez.

—Señor... ¿por qué pone luces en el cielo si ya no hay nadie mirando? —preguntó con voz baja.

El Farolero se dio vuelta lentamente y lo miró como quien encuentra algo valioso en medio de la oscuridad.

—Porque incluso cuando nadie lo ve, la luz sigue siendo necesaria —respondió—. A veces, encender una luz no es para que otros la vean, sino para no olvidar que puede existir.

Elías bajó la mirada. Llevaba en sus manos una linterna apagada.

—Mi mamá está enferma —dijo—. Y en mi casa ya no queda luz.

El Farolero se arrodilló ante él y tomó la linterna con delicadeza. La examinó como si fuera una joya.

—¿Sabes? Las linternas también descansan. Pero solo necesitan una chispa para volver a iluminar.

Sopló suavemente dentro de la linterna, y esta se encendió como si el aire llevara fuego escondido.

—Toma —le dijo—. Lleva esta luz contigo. Y recuerda: aunque la noche parezca eterna, hay estrellas que solo se ven en la oscuridad.

Desde esa noche, Elías regresó una y otra vez. A veces traía otras linternas, a veces palabras, y a veces solo silencio. Con el tiempo, se volvió aprendiz del Farolero. Aprendió a cuidar las luciérnagas, a limpiar los cristales, a tallar piedras brillantes y a escribir nombres en libretas secretas.

Los años pasaron. El pueblo cambió, pero las luces en la colina seguían apareciendo cada vez que el cielo se volvía gris. Un invierno especialmente frío, el Farolero ya no bajó del monte. Nadie supo qué pasó. Solo encontraron su lámpara encendida junto a la escalera, y una página nueva en su libreta: “El que enciende una luz en el alma de otro, jamás muere del todo.

Desde entonces, cada vez que la tristeza visita el pueblo, alguien sube la colina con una escalera y una lámpara. Y aunque su rostro es joven, su mirada guarda la sabiduría de quien aprendió que no todas las estrellas están en el cielo… algunas viven en los bolsillos de los que no se rinden.

🌌 Reflexión final

La luz que llevamos dentro no siempre brilla para ser vista, sino para guiarnos en medio de nuestras propias noches. A veces, sentimos que la oscuridad es demasiado espesa o que nuestras pequeñas luces no hacen diferencia. Pero como el Farolero, podemos aprender que incluso los gestos más simples —una palabra, una sonrisa, una presencia silenciosa— pueden ser faros para quien ha perdido el rumbo.

Cada persona que atraviesa una noche difícil necesita una estrella. Y muchas veces, esa estrella… puedes ser tú.

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