El cuaderno que borraba los miedos

 Cuento con reflexión sobre la valentía, la autoestima y la superación personal

Elías no era un niño cualquiera. Había nacido con un alma sensible, de esas que sienten demasiado, que observan más de lo que hablan y que callan incluso cuando el corazón grita. En la escuela, sus compañeros decían que era “raro”, simplemente porque no se unía a las risas fáciles ni respondía a los empujones con la misma rudeza. Elías prefería los rincones, los árboles, las hojas caídas y el cielo nublado. Allí, entre el murmullo del viento, sentía que no tenía que fingir ser otro.

Este cuento sobre el miedo y la autoestima nos lleva por el camino de la sensibilidad, mostrando cómo un niño puede transformarse a través de algo tan simple —y poderoso— como escribir.

Un día, su madre lo envió a casa de su abuelo mientras ella trabajaba. El abuelo vivía en una casa antigua de madera, con escaleras que crujían y un desván al que nadie subía desde hacía años. Elías, movido por la curiosidad y una sensación que no supo explicar, subió las escaleras despacio. Al abrir la puerta del desván, el aire tenía olor a recuerdos.

Entre cajas viejas, retratos borrosos y muebles cubiertos con sábanas, encontró un cuaderno de tapa gruesa, cubierto por una fina capa de polvo. Al abrirlo, en la primera hoja, escrito con una caligrafía firme, se leía:

“Escribe lo que temes, y el cuaderno lo borrará.”

Elías frunció el ceño. ¿Un juego? ¿Una broma? Aun así, algo dentro de él —una mezcla de tristeza y esperanza— lo empujó a probar.

Esa noche, después de cenar, se encerró en su cuarto. Con una linterna debajo de las cobijas, escribió:

Tengo miedo de no ser suficiente.
Tengo miedo de que me ignoren.
Tengo miedo de hablar y que se rían de mí.

Este era su primer paso hacia la superación personal. Lo que no sabía era que ese cuaderno se convertiría en un verdadero puente hacia su valentía interior.

A la mañana siguiente, lo abrió con ansiedad. Las páginas estaban en blanco. Donde había escrito sus miedos… no quedaba rastro. Nada. Como si jamás los hubiera confesado.

Ese día en clase, cuando la profesora pidió voluntarios para leer, su corazón latió con fuerza… y aunque su voz tembló, logró leer un párrafo entero. Alguien se rió, sí. Pero también alguien aplaudió. Y por primera vez, eso bastó.

Esa noche volvió a escribir:

Tengo miedo de quedarme solo.
Tengo miedo de que nunca me quieran de verdad.
Tengo miedo de no encontrar mi lugar.

Y otra vez, el cuaderno al día siguiente estaba vacío. Pero Elías se sentía un poco más lleno. Este cuento inspirador para niños y adultos mostraba en él sus primeros frutos.

Así pasaron los días. Cada miedo, cada duda, cada inseguridad que lo pesaba por dentro… lo convertía en tinta. Y cada página que quedaba limpia al amanecer, parecía lavarle el alma.

Pronto, algo más sucedió. Elías comenzó a observar a los demás. Descubrió que su compañera de pupitre también se mordía las uñas cuando se sentía insegura. Que el niño más ruidoso del salón tenía ojos tristes cuando nadie lo miraba. Que incluso los adultos, a veces, caminaban con los hombros caídos como si llevaran mundos enteros en la espalda.

Y un día, sin saber por qué, Elías escribió en el cuaderno:

Tengo miedo de que no seamos capaces de entendernos.
Tengo miedo de que el mundo olvide la ternura.

Al día siguiente, en vez de estar en blanco, el cuaderno le devolvió una frase escrita en tinta dorada:

“El miedo compartido se vuelve humano.
El miedo enfrentado se vuelve puente.
El miedo escrito… se vuelve luz.”

Este mensaje lo marcó profundamente. Era más que un cuento emocional sobre cómo enfrentar los miedos: era una enseñanza para toda la vida.

Desde entonces, Elías ya no escribía solo sus propios miedos. A veces, escribía lo que sospechaba que otros no se atrevían a decir. Como si el cuaderno le enseñara a escuchar con el corazón.

Pasaron los años. Elías creció. Dejó de necesitar escribir cada noche. No porque ya no tuviera miedos, sino porque había aprendido a mirarlos a los ojos y decirles: “No me detendrán.”

Guardó el cuaderno, ahora gastado y con la tapa aún más agrietada, en una caja de madera bajo su cama. No volvió a usarlo, pero nunca lo olvidó. A veces, lo abría. Las páginas seguían en blanco, pero él recordaba cada palabra que había escrito, porque ya no le dolían.

Un día, años después, un niño triste llegó a su vida. Callado, tímido, con los mismos ojos llenos de tormentas que él tuvo una vez. Elías lo miró, le sonrió con comprensión… y le regaló el cuaderno.

Y así, el ciclo comenzó de nuevo.

🌱 Reflexión final:

Este cuento para superar el miedo y ganar confianza nos recuerda que no estamos solos. Todos sentimos temor alguna vez, y reconocerlo es un acto de valentía. A veces, basta con poner en palabras lo que sentimos para empezar a sanar. Y si hay algo que este cuento nos enseña, es que nuestros miedos, cuando los enfrentamos con amor, se transforman en luz.

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