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Mostrando las entradas de junio, 2025

La lámpara que solo brillaba en la oscuridad

 En el rincón más olvidado de una antigua bodega, descansaba una lámpara de bronce que nadie había encendido en años. Su superficie estaba cubierta de polvo, y el vidrio de su pantalla tenía manchas que parecían cicatrices del tiempo. Cada día, veía cómo pasaban otros objetos a su alrededor: linternas modernas, bombillos LED, lámparas elegantes y decorativas. Todos parecían tener un propósito, un lugar, una función. Ella, en cambio, era invisible para todos. En silencio, comenzó a creer que no servía para nada. Que su luz, si alguna vez la tuvo, se había apagado hacía mucho. Se convenció de que su tiempo había pasado y que ahora solo era una reliquia sin sentido. Cada noche, cuando todo quedaba en penumbra, deseaba poder brillar. No para ser admirada, sino simplemente para sentir que aún podía ser útil, que aún tenía algo que dar. Una tarde, una tormenta azotó el pueblo. Un rayo cayó cerca, y toda la electricidad se fue. La casa quedó completamente a oscuras. Las modernas luces dej...

La lámpara que solo encendía con gratitud

 En un pueblo olvidado por el tiempo, rodeado de montañas eternas y caminos de piedra, vivía un anciano artesano llamado Elías. Su tienda, pequeña y modesta, estaba llena de objetos extraños: relojes que marcaban emociones en lugar de horas, espejos que reflejaban recuerdos, y una lámpara de cobre, cubierta por una fina capa de polvo, que permanecía inerte en la vitrina principal. La lámpara era hermosa. Su diseño era simple pero elegante, con una cúpula redonda que parecía una luna dormida. Sin embargo, nunca se encendía. No tenía interruptor, ni cuerda, ni botón. Quienes pasaban por allí se acercaban, curiosos, y lo intentaban todo: soplarle, tocarla, golpearla suavemente, incluso hablarle. Pero nada funcionaba. Era como si estuviera esperando algo… o a alguien. —¿Por qué la tiene ahí si no sirve? —le preguntaban a Elías. Y él, con su barba blanca y sus ojos de sabiduría tranquila, respondía siempre lo mismo: —Esa lámpara no se enciende con cosas comunes. Su luz nace de algo ...

El farolero que encendía las estrellas

 En un pueblo escondido entre montañas cubiertas de niebla, donde los relojes parecían moverse más despacio y el silencio tenía su propio lenguaje, vivía un hombre que todos conocían, pero del que nadie sabía mucho. Le llamaban El Farolero . Nadie sabía su edad exacta. Algunos decían que había nacido con el primer farol del pueblo; otros aseguraban que siempre había estado allí, como si fuera parte del paisaje. Era un hombre de andar pausado y mirada serena. Siempre vestía con una capa larga color carbón, gastada por el viento y la lluvia. Cargaba una lámpara de aceite encendida, una escalera de madera a su espalda y una libreta pequeña en el bolsillo donde, decían los niños, anotaba los nombres de quienes más necesitaban luz. Cada tarde, al caer el sol, comenzaba su ritual. Iba farol por farol, encendiéndolos uno a uno, como si despertara pequeños soles dormidos. No hablaba mucho, pero cuando lo hacía, sus palabras parecían lecciones envueltas en susurros. Los ancianos lo saluda...

El Relojero del Tiempo Perdido

En lo alto de una colina, justo donde los árboles comenzaban a abrazar las nubes, vivía Elías, un hombre delgado, encorvado por los años pero con los ojos tan vivos como si contuvieran mil amaneceres. Su casa, construida de madera envejecida, tenía una particularidad: en sus paredes colgaban más de cien relojes. Relojes de péndulo, de cuerda, de arena, de sol. Algunos eran antiguos, otros modernos, y otros parecían haber salido de un sueño. El pueblo lo conocía como "El Relojero del Tiempo Perdido". Nadie sabía si ese apodo era real o solo una leyenda que se contaba en las tardes de lluvia, pero lo cierto era que todos los que lo visitaban salían diferentes… como si hubieran vuelto a nacer con un segundo intento entre las manos. Cada mañana, Elías tomaba su café sin azúcar y se sentaba frente al gran ventanal que daba al bosque. Observaba el sol subir lentamente y, con él, los minutos del día desplegarse como mariposas. La gente llegaba uno a uno. Un joven abatido fue el pr...

El cuaderno que borraba los miedos

  Cuento con reflexión sobre la valentía, la autoestima y la superación personal Elías no era un niño cualquiera. Había nacido con un alma sensible, de esas que sienten demasiado, que observan más de lo que hablan y que callan incluso cuando el corazón grita. En la escuela, sus compañeros decían que era “raro”, simplemente porque no se unía a las risas fáciles ni respondía a los empujones con la misma rudeza. Elías prefería los rincones, los árboles, las hojas caídas y el cielo nublado. Allí, entre el murmullo del viento, sentía que no tenía que fingir ser otro. Este cuento sobre el miedo y la autoestima nos lleva por el camino de la sensibilidad, mostrando cómo un niño puede transformarse a través de algo tan simple —y poderoso— como escribir. Un día, su madre lo envió a casa de su abuelo mientras ella trabajaba. El abuelo vivía en una casa antigua de madera, con escaleras que crujían y un desván al que nadie subía desde hacía años. Elías, movido por la curiosidad y una sensac...

El pájaro carpintero que salvó a los pájaros

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 En un rincón del bosque donde los vientos jugaban con las ramas y el sol se colaba entre las hojas como hilos dorados, vivía Tiko, un joven pájaro carpintero. Era pequeño, de plumaje rojizo en la cabeza y alas moteadas de marrón, pero con un corazón firme como el golpe de su pico. Tiko era distinto a los demás pájaros. Mientras sus amigos competían por construir sus nidos en las ramas más altas de los árboles más esbeltos, él tenía una extraña costumbre: examinaba los árboles por dentro. Los golpeaba con su pico, no para alimentarse, sino para escuchar el sonido del tronco, como si dialogara con el alma del árbol. —Tiko, ¿por qué te preocupas tanto por eso? —le decían los demás pájaros—. ¡Mira qué vista tan hermosa hay desde arriba! ¡El viento canta mejor allá! Pero Tiko no quería altura. Quería firmeza. Desde muy pequeño, había visto cómo una tormenta arrancó del cielo a sus padres. Su nido, construido en la cima de un árbol hermoso pero hueco, fue arrastrado por el viento sin...