LA SOMBRA QUE APRENDIÓ A BRILLAR
Había una vez una sombra que no tenía nombre. No era luz, no era materia, no era forma propia. Vivía pegada a un niño, como todas las sombras, pero nadie hablaba de ella. Desde que él nació, la sombra lo acompañó a cada paso: cuando dio su primer tropezón, cuando lloró en silencio en el rincón del salón, cuando reía sin razón alguna… ella siempre estuvo allí, silenciosa y fiel.
Pero nunca fue bienvenida. En cada intento de
aparecer, alguien encendía la lámpara más brillante. En cada intento de hablar,
la luz la silenciaba. Incluso el niño, a quien más quería, parecía temerle.
“¡Qué feo se ve eso!”, decía, y daba un paso más cerca de la ventana, buscando
claridad.
La sombra comenzó a preguntarse si tenía
algún valor. Si no era deseada, ¿para qué existía? Si todos la rechazaban, ¿por
qué seguía apegada al niño?
Un día, cansada de vivir en el margen,
decidió marcharse. No por enojo, sino por una tristeza tan grande que ya no
cabía en sus bordes. Se deslizó fuera del cuerpo del niño en la noche más
oscura, y se fue sin dejar rastro.
Durante mucho tiempo, vagó sola. Recorrió
bosques donde la luz no tocaba el suelo, montañas cubiertas de neblina, cuevas
donde el eco la abrazaba. Allí descubrió algo inesperado: ya no era solo
sombra. Era historia, era emoción, era presencia. Era la parte de las cosas que
otros no veían, pero que sostenía el contraste de todo lo visible.
En un lago de aguas quietas, se miró por
primera vez. Su figura ya no era la misma. Estaba hecha de fragmentos:
tristeza, miedo, pero también dulzura, paciencia, lealtad. No era bella a los
ojos de los demás, pero tenía profundidad. Y por fin entendió: no necesitaba
la luz para brillar.
Un día, mientras contemplaba el amanecer
desde lo alto de una colina, sintió una llamada. No era una voz, ni una
palabra. Era el recuerdo del niño. Una sensación cálida, frágil, como una mano
buscando consuelo.
Entonces supo que debía regresar.
Cuando volvió, encontró al niño ya crecido.
Su mirada estaba más opaca, su espalda más encorvada. Había perdido algo… algo
que una vez lo sostuvo, sin saberlo.
La sombra no se colocó detrás. Se sentó a su
lado. No como un peso, sino como un espejo suave. Lo acompañó cuando él dudó,
cuando volvió a llorar sin motivo, cuando no pudo reconocerse en el reflejo.
Poco a poco, él comenzó a escuchar una voz
interior. Una que no lo juzgaba, que no lo apuraba. Era una voz que decía:
“Está bien tener miedo. Está bien no ser perfecto. Estoy aquí.”
Y fue entonces, en una noche cualquiera,
cuando el joven miró al suelo y notó su sombra. Por primera vez no quiso huir
de ella. La contempló, y sonrió.
La sombra, al sentirse vista, tembló. Y en
ese temblor, algo cambió. No se volvió luz, no desapareció. Simplemente… empezó
a brillar desde adentro.
Reflexión
Todos tenemos sombras. No son nuestros
enemigos. Son nuestras partes ocultas: heridas que no sanamos, errores que nos
persiguen, recuerdos que evitamos. Pero también son nuestros más grandes
maestros.
Cuando dejamos de luchar contra nuestras
sombras y empezamos a escucharlas, descubrimos que nos han estado cuidando todo
el tiempo.
Aceptar nuestras sombras no significa vivir
en oscuridad. Significa hacer las paces con nosotros mismos y descubrir que
incluso lo roto… también brilla.
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