LA MARIPOSA QUE OLVIDÓ QUE PODÍA VOLAR

 Había una vez un rincón del mundo donde el tiempo parecía caminar más lento, donde los árboles susurraban canciones antiguas y el viento olía a esperanza. Allí, entre pétalos dormidos y hojas que danzaban al ritmo del sol, nació una mariposa única.

Sus alas eran un lienzo pintado con azules profundos, como el océano en calma, y bordes dorados que relucían al contacto con la luz, como si cada movimiento dibujara estrellas en el aire. Desde que emergió de su crisálida, todos sabían que estaba destinada a algo grande. No era solo hermosa: tenía un brillo interno, una confianza que inspiraba a las demás criaturas del bosque.

Volaba alto, más alto que cualquiera. Se deslizaba entre las nubes con la ligereza de un suspiro, y donde pasaba dejaba una estela de belleza y alegría. Los pájaros la saludaban al verla, los girasoles giraban para observar su vuelo, y hasta las piedras parecían más suaves cuando ella se posaba sobre ellas. Todo era armonía. Todo era libertad.

Hasta que llegó la tormenta.

No fue una tormenta cualquiera. Fue una de esas que parecen llevárselo todo, incluso los sueños. El cielo se volvió gris de golpe. Los truenos rompieron el silencio del bosque como gritos de advertencia. El viento, antes amable, se volvió traicionero. Las gotas de lluvia caían como agujas, y los árboles crujían al resistir su furia.
La mariposa, atrapada en pleno vuelo, no tuvo dónde esconderse. El viento la empujó con violencia, y en un torbellino de agua y miedo, fue lanzada contra el tronco de un árbol caído. Sus alas, tan delicadas, se doblaron. Una de ellas se rasgó. El golpe la dejó aturdida, confundida, y por primera vez… con miedo.

Cuando despertó, estaba en el suelo. El cielo ya no era su hogar. La tierra, húmeda y fría, le parecía extraña. Sus alas estaban mojadas, pesadas, rotas en los bordes. Intentó moverse, pero el dolor la detuvo.

Y entonces, en silencio, decidió no volver a volar.

Pasaron los días, y con cada amanecer el sol le ofrecía una oportunidad de intentarlo otra vez. Pero ella solo observaba. Se arrastraba de flor en flor, sin levantar el vuelo, escondiéndose de quienes la conocieron en el cielo.

—“Ya no soy la misma,” se decía en voz baja.
—“Mis alas están marcadas. ¿Quién quiere ver volar a una mariposa que ya no brilla?”

—“Tal vez nunca debí haber creído que podía tocar el cielo.”

Y así, el miedo se convirtió en su prisión. Una prisión sin barrotes, hecha de pensamientos oscuros y heridas que no eran del cuerpo, sino del alma.

Muchos pasaban a su lado: insectos, pájaros, incluso otras mariposas. Algunos la ignoraban, otros le ofrecían palabras de aliento, pero ella no escuchaba. Estaba atrapada en una historia que se había contado tantas veces que ya la creía verdadera: que no valía, que no servía, que no podía.

Hasta que un día, un grillo de antenas blancas y voz pausada se sentó junto a ella. No la juzgó. No la presionó. Solo estuvo allí, en silencio, hasta que sus miradas se cruzaron.

—“¿Por qué vives arrastrándote, si naciste para volar?”
—“Porque me caí. Porque me rompí. Porque el cielo me traicionó.”
—“¿Y quién te dijo que una caída borra lo que eres?”
—“¿No ves mis alas? Ya no son hermosas. Están dañadas.”
—“¿Y desde cuándo la belleza está en lo intacto? Las grietas también cuentan historias. Las alas rotas también pueden volar. Y a veces, vuelan más sabias que antes.”

La mariposa no respondió. Pero esa noche, algo se movió dentro de ella. Un temblor. Una semilla olvidada. Un recuerdo.

Recordó cómo era volar.
Recordó lo que sentía al mirar el mundo desde el cielo.
Recordó… quién era.

A la mañana siguiente, cuando el bosque despertaba entre luces doradas y cantos lejanos, la mariposa trepó lentamente por una rama. El viento soplaba con suavidad, como invitándola. Las flores la miraban en silencio. El sol acariciaba sus alas con ternura, como si supiera que estaba a punto de intentarlo.

Cerró los ojos. Respiró.

Y se lanzó.

No voló alto. Ni rápido. Tambaleó. Bajó. Casi cayó.

Pero no lo hizo.

El aire la sostuvo. Y con cada batir de alas, su alma sanaba un poco más. No era el mismo vuelo de antes, pero no tenía que serlo. Era su nuevo vuelo. Más consciente. Más valiente. Más real.

Y entonces entendió: el valor no está en no caer nunca… sino en volver a intentarlo, incluso cuando tienes miedo.

Desde ese día, voló a su ritmo. A veces alto, a veces bajo. A veces fuerte, a veces lento. Pero siempre con el corazón abierto.

Reflexión final:

         A veces olvidamos lo que somos. El miedo, la caída, el dolor… pueden hacernos dudar. Pero las alas que un día volaron siguen ahí, esperando que recordemos que aún podemos usarlas.

      No importa si estás roto, cansado, marcado por la vida.
Lo importante es que aún puedes volar.
No como antes. No como otros.
A tu forma. A tu tiempo. Con tu historia.

    Y eso… es más que suficiente.

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