LA LUCIÉRNAGA QUE SE APAGÓ POR MIEDO

 En un bosque que solo despertaba cuando caía la noche, vivían cientos de luciérnagas. Cada una llevaba en su interior una chispa, una pequeña luz que los humanos veían desde lejos como estrellas danzantes sobre la hierba. Para ellas, esa luz no era un adorno ni un simple brillo: era su esencia, su identidad, su voz.

Lía era conocida por todos. Su luz era la más brillante de la región. No porque resplandeciera más que las otras, sino porque la usaba para guiar, para animar a quienes se sentían apagados. Siempre tenía palabras de aliento, un gesto amable, una historia que contar. Todos la admiraban. Algunos la envidiaban. Pero nadie conocía lo que ocurría dentro de ella.

Porque incluso las más luminosas pueden tener noches oscuras.

Desde hacía un tiempo, Lía sentía que algo la consumía desde dentro. Todo había comenzado con una pequeña duda… una que llegó sin avisar, como una ráfaga de viento helado. Y con el tiempo, esa duda se convirtió en miedo. Un miedo que se disfrazaba de preguntas:

—“¿Y si ya no soy tan especial como antes?”
—“¿Y si todos esperan más de mí de lo que puedo dar?”
—“¿Y si un día… dejo de brillar?”

Lía comenzó a ocultar su brillo. Primero, bajando la intensidad de su luz. Luego, alejándose del grupo. Volaba más bajo, más despacio, más sola. Hasta que un día, simplemente… no salió.

Se escondió bajo una hoja grande y húmeda. El rocío de la madrugada goteaba sobre su refugio como lágrimas. Allí, temblando de miedo, Lía pensaba:

—“Si me apago ahora, al menos no fallaré a nadie.”
—“Si dejo de brillar, no tendrán expectativas que no puedo cumplir.”

Pasaron varias noches. Nadie la vio. Algunos pensaban que había migrado. Otros decían que su luz se había extinguido. Y Lía, con la mirada fija en la nada, escuchaba cómo su propia chispa se desvanecía… como un suspiro que se apaga al viento.

Pero una tarde, justo antes del crepúsculo, una luciérnaga diminuta se posó sobre la hoja.

Era Noa, una recién llegada al bosque. Su luz era débil, temblorosa, pero valiente.

—“¿Tú eres Lía?” —preguntó con ojos grandes y brillantes.
—“Lo era…” —respondió ella, apenas susurrando.
—“¿Por qué te escondes?”
—“Porque tengo miedo. Miedo de no ser suficiente. Miedo de fallar.”

Noa guardó silencio un momento, y luego dijo algo que Lía nunca olvidaría:

—“Yo comencé a brillar gracias a ti. Porque tú una vez dijiste que cada luz era única, que lo importante no era brillar más que otros, sino no dejar que el miedo la apague.”

Lía la miró. Noa era tan pequeña, pero sus palabras eran tan grandes. Sintió un nudo en el pecho, uno que no era tristeza, ni culpa… era esperanza.

Entonces, hizo lo impensable.

Se levantó.

Su luz era casi imperceptible, apenas un punto en la sombra. Pero estaba ahí. Titilando. Luchando por volver.

Noa la acompañó. Y juntas, salieron del escondite.

La primera noche, Lía voló bajo. La segunda, un poco más alto. Para la tercera, ya no brillaba como antes, pero había una calidez nueva en su luz. Una que venía no del deber… sino de la libertad de ser.

Las demás luciérnagas comenzaron a reunirse. No para admirarla como antes, sino para acompañarla. Para aprender que incluso quien guía también puede caer. Y que volver a levantarse, aunque sea con una luz más tenue, es el acto más valiente de todos.

Reflexión

A veces, la vida nos obliga a escondernos. A bajar el brillo. A dudar de nosotros mismos. Pero eso no significa que nuestra luz haya desaparecido. Solo está esperando que recordemos por qué nació.

No se trata de ser siempre fuertes, ni de fingir que todo está bien. Se trata de aceptar que incluso la luciérnaga más brillante también necesita descansar, llorar, abrazar sus miedos y luego… volver a volar.

Y cuando eso pase, no brillará igual. Brillará mejor. Porque su luz no será solo para guiar… sino también para inspirar.

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