EL NIÑO QUE TENÍA MIEDO DE BRILLAR

           Había una vez un niño que nació con una luz dentro. No era una luz que pudiera verse con los ojos, pero todos la sentían cuando él estaba cerca. Era cálida, suave, diferente. Bastaba con que sonriera para que el día se volviera más claro, o con que mirara con ternura para que alguien dejara de sentirse solo.

Pero esa luz, en lugar de hacerlo sentir especial, lo hizo sentir raro.

—No seas tan intenso —le decían.
—Hablas demasiado profundo para tu edad —le señalaban.
—¿Por qué lloras por cosas que no importan? —le preguntaban.

Y así, poco a poco, el niño comenzó a esconder su brillo. Bajaba la mirada cuando quería decir algo importante. Se reía menos fuerte. Dejaba que los demás tomaran la palabra, aunque él tuviera algo valioso que compartir.

Su luz seguía ahí, latiendo como una estrella atrapada en un frasco. Pero él no la dejaba salir, porque pensaba que brillar era molestar. Que ser diferente era un error. Que incomodar con verdad era peor que callar.

Un día, mientras caminaba solo por el bosque —ese lugar donde se sentía libre de ser él—, se encontró con una luciérnaga atrapada entre dos hojas. Movía sus alas sin poder volar, y su luz parpadeaba débil, como si estuviera a punto de apagarse.

El niño la tomó con cuidado y la liberó. La luciérnaga se quedó quieta unos segundos, como si no pudiera creer que era libre… y luego encendió su luz con más fuerza que nunca.

Fue en ese momento que el niño lo entendió.

Su luz también llevaba demasiado tiempo atrapada.

No era su culpa haber nacido diferente. No estaba mal sentir más, pensar más, amar más. Lo que dolía no era su brillo… lo que dolía era esconderlo.

Esa noche, el niño miró las estrellas y por primera vez no sintió que tenía que apagarse para encajar. Empezó a hablar con más claridad. A defender lo que sentía. A mostrar su luz, aun si a algunos no les gustaba.

Y algo mágico ocurrió: otros niños que también escondían su brillo comenzaron a acercarse a él. Porque cuando alguien se atreve a brillar, les recuerda a los demás que también pueden hacerlo.

Aquel niño creció. Y su luz no sólo iluminó su camino, sino también el de otros que aún vivían en la sombra.

Porque entendió que brillar no es egoísta.
Brillar es un acto de amor.
Y que no vinimos al mundo para encajar…
Sino para encenderlo.

Reflexión

Cuántas veces, por miedo a no ser aceptados, decidimos apagar lo más auténtico de nosotros. Nos encogemos, nos callamos, nos disfrazamos... solo para no incomodar. Pero vivir ocultando la propia luz es vivir a medias.

Este cuento es para todos los que alguna vez sintieron que eran "demasiado": demasiado sensibles, demasiado soñadores, demasiado diferentes. La verdad es que no somos demasiado… somos justos como necesitamos ser. Y el mundo necesita nuestra luz, incluso si aún no lo sabe.

Brillar no significa ser mejor que nadie. Brillar es ser tú mismo con honestidad, sin miedo, con el corazón abierto. Es dejar que lo que llevas dentro alumbre a otros, no para que te admiren, sino para que se recuerden a sí mismos.

Porque cuando uno se atreve a brillar, otros también se atreven.
Y así, poquito a poco, el mundo se vuelve más humano.
Más real.
Más lleno de luz.

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