EL LIBRO QUE ESCRIBÍA SOLO

         Había una vez un niño llamado Elías que siempre sentía que no encajaba en ningún lugar. Era reservado, soñador, y hablaba más con el viento que con las personas. Mientras otros niños corrían y reían, él prefería observar el cielo, dibujar historias en su mente y caminar por senderos solitarios que nadie más notaba.


Un día, mientras exploraba los rincones más antiguos del pueblo, encontró una pequeña biblioteca escondida entre árboles retorcidos. Parecía abandonada, pero tenía ese aire misterioso que solo los lugares llenos de magia poseen. Dentro, el polvo flotaba como estrellas dormidas, y los libros crujían con cada paso, como si sus páginas susurraran secretos de otros tiempos.

En un rincón oscuro, casi escondido detrás de un mueble roto, había un libro sin nombre. Era más grueso que los demás, y sus tapas eran de un cuero extraño, suave y tibio, como si tuviera pulso. Al abrirlo, Elías notó que todas sus páginas estaban en blanco. No tenía título, ni capítulos, ni prólogo. Solo un silencio profundo que lo miraba de vuelta.

Aun así, sintió que ese libro le pertenecía. Lo llevó a casa, lo colocó sobre su escritorio, y cada noche lo abría… aunque no supiera por qué. Hasta que una noche, sin previo aviso, en la primera página apareció una frase escrita en tinta negra:

“Hoy Elías caminó entre personas, pero se sintió invisible.”

Su corazón dio un salto. Era cierto. Esa tarde, en el parque, nadie lo saludó. Nadie notó que estaba ahí. Y aunque no lloró, algo dentro de él se quebró un poco. Pasó la página, y otra frase apareció:

“Se preguntó si algún día alguien vería el mundo como él.”

A partir de entonces, cada día, el libro escribía lo que él no decía. No solo sus acciones, sino sus emociones, sus dudas, sus pequeños pensamientos más secretos. Era como si el libro lo conociera más de lo que él mismo se atrevía a conocerse. No necesitaba pluma, ni tinta. Solo vivencias.

Cuando reía, el libro brillaba. Cuando se sentía solo, las páginas se volvían suaves como suspiros. Cuando tenía miedo, aparecían frases que lo abrazaban: “No estás solo aunque lo sientas.”
Era como si el libro lo escribiera desde dentro.

Hubo días en que Elías no quería abrirlo. Días en que deseaba olvidar lo que había sentido. Pero el libro siempre estaba ahí, esperándolo sin juzgar, paciente como un reflejo. Y poco a poco, Elías comenzó a entender algo profundo: ese libro era el espejo de su alma.

Con el paso del tiempo, empezó a ver en sus páginas no solo dolor o tristeza, sino también belleza, crecimiento, fuerza. Descubrió que cada lágrima escrita se convertía en una semilla, y que las páginas más oscuras eran las raíces de sus días más brillantes.

Cuando creció, comprendió que todos tenemos un libro invisible escribiéndose dentro. Que nuestras experiencias, buenas o malas, forman capítulos únicos que merecen ser contados. Y que incluso si no todos nos entienden, lo importante es que nuestra historia sea honesta.

Elías volvió una última vez a aquella biblioteca antigua. Colocó el libro sobre una mesa de madera y, con su propia mano, escribió en la contraportada:

“Este libro se escribe solo, pero tú decides si lo lees con amor… o lo ignoras con miedo.”

Y al alejarse, sintió que no estaba dejando un objeto, sino una parte de sí mismo, para quien lo necesitara después.

Reflexión

Cada uno de nosotros carga con un libro invisible que se escribe día a día. A veces quisiéramos borrar algunas páginas, saltar capítulos, o cambiar el final. Pero todo lo vivido nos ha llevado hasta aquí.

Tu historia merece ser leída, al menos por ti. Porque incluso en el silencio, estás escribiendo algo hermoso.


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