EL HOMBRE QUE CARGABA PIEDRAS INVISIBLES
Había una vez un hombre que caminaba con la espalda encorvada, como si el mundo entero descansara sobre sus hombros. Nadie lo veía tropezar, pero todos notaban su paso lento, sus ojos apagados y sus silencios largos. A simple vista, parecía un hombre cualquiera. Pero dentro de él, habitaba un peso que no se podía ver.
Cada mañana, al despertar, el hombre se ponía
una mochila invisible. Nadie la notaba, ni siquiera él. Era parte de su rutina,
como lavarse la cara o ponerse los zapatos. Solo que esta mochila estaba llena…
llena de piedras que no eran de roca, sino de recuerdos, emociones, palabras no
dichas y heridas sin cerrar.
Había una piedra por cada decepción que alguna vez lo atravesó:
– Una promesa rota.
– Una traición inesperada.
– Un sueño que no se cumplió.
Otra piedra, más pesada, representaba la culpa: cosas que hizo y
lamentó… y otras que nunca se atrevió a hacer. Había también piedras pequeñas,
pero filosas: críticas de otros, palabras hirientes, burlas de cuando era niño.
Y estaban las piedras más silenciosas: esas que no duelen todo el tiempo, pero
que se hacen sentir en las noches solitarias o en los momentos de duda.
La mochila lo hacía caminar más lento. Le
quitaba las ganas. Le robaba los sueños. Pero como nadie podía verla, el mundo
le exigía normalidad. Que sonriera. Que no se quejara. Que siguiera adelante
como si nada.
Un día cualquiera, mientras caminaba por un
parque, se sentó en una banca a descansar. El sudor le recorría el cuello,
aunque el clima era fresco. Sus manos temblaban y el cansancio le pesaba en el
pecho. En ese momento, un niño se le acercó.
—Señor, ¿por qué está triste? —le preguntó
con la inocencia de quien no teme mirar el alma de otro.
El hombre lo miró, sorprendido. Nadie le
preguntaba eso. Nadie notaba nada.
—¿Triste yo? —respondió con una sonrisa
forzada—. Solo estoy cansado, pequeño.
—Mi mamá dice que la tristeza también cansa,
y más cuando uno la guarda adentro. ¿Usted guarda cosas adentro?
El hombre quedó en silencio. Por primera vez,
sintió que alguien lo veía… de verdad.
El niño sacó de su bolsillo una pequeña flor
marchita.
—No tengo más, pero esto me ayudó cuando
extrañé a mi papá. Tal vez le sirva a usted también.
El hombre tomó la flor. Era liviana. Tan
liviana, que sintió que su mochila pesaba aún más en comparación. Esa noche, al
llegar a casa, no pudo dormir. Se quedó mirando la flor sobre su mesa. Algo
despertó en su interior. Y por primera vez en muchos años, decidió abrir su
mochila invisible.
No fue fácil. Las piedras estaban adheridas
al alma. Algunas llevaban tanto tiempo allí que se habían vuelto parte de él.
Pero una por una, comenzó a nombrarlas: “Esta es la culpa por no haber dicho
lo que sentía. Esta, el miedo que me hizo quedarme en el mismo lugar. Esta
otra, la herida que me dejó aquel adiós sin explicación.”
Al reconocerlas, sintió que podía soltarlas.
No todas. Algunas necesitaban más tiempo. Pero ya no estaban escondidas. Y eso,
por sí solo, alivió su carga.
Desde entonces, el hombre seguía caminando.
Pero lo hacía distinto. Más erguido. Más liviano. Y cuando veía a alguien con
los hombros caídos o la mirada perdida, no dudaba en acercarse y decir:
—¿Quieres hablar? A veces las piedras duelen
menos cuando alguien las nombra contigo.
Reflexión:
A veces, el mayor peso que llevamos no se ve.
Es el de las emociones no expresadas, las culpas no sanadas y los recuerdos que
callamos por miedo o vergüenza. Nos acostumbramos tanto a ese dolor que lo
normalizamos, como si cargar piedras fuera parte de la vida.
Pero no estamos
obligados a llevarlas para siempre.
Podemos abrir nuestra mochila emocional, identificar cada piedra y aprender a
dejarla ir.
No todas de una vez. No sin esfuerzo.
Pero sí con voluntad, con amor propio… y con la humildad de aceptar que sanar
es un proceso.
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