EL ÁRBOL QUE NO QUERÍA CRECER

        En una colina donde el sol dormía entre las montañas, el viento contaba historias a los ríos y la luna acariciaba las hojas con ternura, nació una semilla.

Era una semilla como tantas, pero en su interior guardaba un susurro. No era un susurro de esperanza ni de sueños… era un susurro de miedo.

Esa semilla cayó en buena tierra, suave, oscura y fértil. La lluvia llegó a recibirla con una sonrisa líquida y el sol le tendió sus rayos como manos cálidas. Todo estaba preparado para que brotara. Y lo hizo.
Lenta, tímidamente, como quien pisa un terreno desconocido. Un brote verde rompió la tierra, mirando a su alrededor con cautela.

Los días pasaron. El brote se convirtió en tallo.
Pero ahí se detuvo.

—“¿Qué ocurre?” —preguntó la flor cercana.
—“¿Por qué no sigues creciendo?” —le preguntó una mariposa curiosa.
—“Tienes todo lo que necesitas. ¿A qué le temes?” —le murmuró la tierra.

Y el pequeño árbol respondió:

—“Tengo miedo. Si crezco, estaré expuesto. Me verán. Me juzgarán. ¿Y si me comparan con los grandes robles? ¿Y si mis ramas salen torcidas, mis frutos amargos, mis hojas marchitas? Prefiero quedarme así… bajito. Invisible.”

El bosque enmudeció por un momento. Era la primera vez que escuchaban a un árbol hablar de esa manera.

Mientras los demás crecían hacia el cielo sin detenerse, él se aferraba a su pequeño tamaño, sintiendo que no merecía más. Cada hoja que nacía, la soltaba. Cada rama que brotaba, la cortaba con su duda.

Pasaron las estaciones. La primavera lo acariciaba con flores, el verano le ofrecía calor, el otoño lo envolvía en tonos dorados y el invierno lo abrazaba con frío. Y él… seguía allí. Medio árbol. Medio intento. Medio sueño.

Un día, un niño subió la colina. Estaba triste. Se sentó bajo la sombra de un arbusto, justo al lado del pequeño árbol.

—“¿Tú también tienes miedo?” —le preguntó el niño.
—“Sí.”
—“¿De qué?”
—“De no ser lo que esperan. De crecer y fallar. De hacerme grande y no saber qué hacer con eso.”
—“Yo también siento eso. Todos esperan que yo sea fuerte, valiente, perfecto. Pero yo solo quiero llorar a veces. Solo quiero ser yo.”

El árbol, por primera vez, sintió que alguien lo entendía.

Durante semanas, el niño volvió. A veces reía, a veces lloraba, pero siempre hablaba con el árbol. Le contaba sus miedos, sus sueños, sus errores. Y el árbol, sin decir palabra, lo escuchaba.

Fue entonces cuando algo nuevo brotó dentro del árbol. No era una hoja, ni una rama. Era una raíz más profunda. Una que no nacía de la tierra, sino del alma.
Comprendió que, aunque aún temía crecer, ya no quería esconderse.

Quería ser refugio, como lo había sido para ese niño.
Quería dar sombra, aunque tuviera ramas imperfectas.
Quería estirarse al cielo, aunque temblara al hacerlo.

Y así, día a día, hoja a hoja, error tras error… comenzó a crecer.
No fue rápido. No fue fácil. A veces se doblaba por el viento. A veces perdía hojas antes de tiempo. Pero ya no retrocedía.

Crecía con miedo.
Crecía con dudas.
Pero crecía.

Pasaron los años. El niño se convirtió en joven, y luego en adulto. Un día volvió a visitar el bosque. Y donde antes había un pequeño tallo, ahora había un árbol firme, no tan alto, pero con ramas que bailaban con el viento, con nidos en lo alto y raíces que abrazaban la tierra con fuerza.

—“¿Eres tú?” —susurró el hombre, tocando su corteza.
Y el árbol, con sus hojas susurrando en lo alto, pareció responder:
—“Sí. Me atreví. Gracias a ti.”


Reflexión

A veces creemos que si no nos movemos, si no intentamos, evitaremos el dolor.
Pero el dolor de no crecer puede ser más fuerte que cualquier caída.

Crecer no significa tenerlo todo resuelto.
Significa avanzar, aunque no sepamos el camino exacto.
Significa florecer con miedo, con cicatrices, con dudas.

Pero también con valor.
Con alma.
Con verdad.


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