En una vieja casa con olor a madera y memorias, vivía Elías, un joven silencioso, de mirada baja y corazón inquieto. La casa era herencia de su abuela, una mujer enigmática que parecía tener secretos guardados en cada rincón. Ella solía decirle cuando era niño: — “En esta casa hay un espejo que no refleja lo que ven los ojos… sino lo que siente el alma.” En aquel entonces, Elías reía y corría a esconderse, como si fuera un juego. Pero con los años, dejó de reír, y su reflejo dejó de gustarle. Cada mañana se enfrentaba al mismo ritual: se levantaba, se paraba frente al espejo del baño, y se analizaba con la precisión cruel de un juez. “Esa nariz no sirve… esos ojos son muy apagados… te ves cansado, débil, sin gracia…” Su mente se había convertido en su peor crítico. Aunque otros le decían cosas buenas, él no podía creerlas. Sentía que lo halagaban por compromiso, que exageraban o simplemente no veían lo que él veía. Y así, el espejo del baño se v...
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